Mi abuelo, Francisco Martínez Padilla
25 Feb 2010 Articulistas
Por Cristina Fernández Martínez
Yo tenía trece años la mañana en que nos levantamos con la noticia de la muerte de Franco, y de esa mañana sólo me ha quedado un recuerdo: la cara de tristeza de mi abuela cuando corrimos a contárselo, y sus palabras. Quizá porque esperábamos una reacción muy diferente.
Porque mi abuela se puso triste, infinitamente triste como tantos otros días de su vida pese a su buen humor; porque a la tristeza se le unió la rabia y lo único que le oímos decir sobre ello fueron esas palabras que no se me olvidan: “Si esta noticia la hubieran dado hace treinta años, yo habría saltado de alegría como un cohete. Hoy me da igual”.
Le daba igual porque su marido, mi abuelo, ya no iba a poder volver del exilio, porque mi abuelo había muerto hacía ya bastante en Venezuela.
A mi abuelo, claro, nunca lo conocí. Y, en aquel tiempo, la huida de Málaga a Almería era algo de lo que nadie hablaba, excepto mi madre, claro. A trozos, me iba contando una historia que yo al final ordené y reconstruí. Mi abuelo había muerto en Venezuela. Mi abuelo era sastre, pero allí puso una joyería y un día entraron unos atracadores y lo mataron. Mi abuelo tenía una sastrería en Málaga, y tres niñas. Mi madre era la mediana, y tenía siete años cuando empezó la guerra. Su hermana pequeña ni siquiera se acuerda de su padre. Mi madre sí. Mi abuelo era el hombre más bueno del mundo. A veces, volvía a casa sin abrigo y contaba que se lo había dado a alguien que tenía frío. Un día, volvió descalzo; alguien necesitaba sus zapatos mucho más que él.
Vivían en una casa preciosa en Ciudad Jardín. Todavía siguen allí esas casas; mi madre nos las enseñaba, pero no podía distinguir cuál era la suya. Porque se fue muy pequeña y cuando volvió con su madre y sus dos hermanas, en su casa ya vivía otra familia, ocupas de lujo que se la quitaron.
Mi abuelo, en algún momento, se había afiliado al Partido Socialista Obrero Español. Mostraba su carnet con orgullo a todos porque supongo que para él representaba ese desprenderse de sus abrigos o de sus zapatos. Mi madre hizo el camino de Málaga a Almería. Ella siempre contaba la suerte que tuvieron, porque mi abuelo pudo montarlas a las cuatro en un camión y no tuvieron que hacer el camino a pie. Mi abuelo sí lo hizo a pie, y en el camino lo atropellaron, y tuvo que hacer el resto con muletas y heridas en las piernas. Pero también contaba mi madre que tuvo mucha suerte, porque, no sabe ella cuándo, mi abuelo pudo embarcar rumbo a América.
Ellas de Almería se fueron a Alicante. Aún pasó un tiempo antes de que pudieran volver a Málaga. También tuvieron suerte, me contaba, cuando un cura amigo de la familia avisó a mi abuela, porque habían anunciado que todos los exiliados podían volver, pero menos mal que el cura, D. Luis, les avisó de que iban a fusilar a todos los que volvieran. Así que mi abuelo se quedó en Venezuela, seguramente formó una familia que nunca conocimos, y puso su joyería.
Mi abuelo, Francisco Martínez Padilla.
Cristina Fernández es Directora del IES Los Manantiales de Torremolinos










25 Febrero 2010 a las 0:52
Te he oído en alguna ocasión contar esta historia familiar, tan humana y tan dramática. Ahora, cuando la leo en un diario digital, me ha impresionado y conmovido aún más. No aparece en una sección de opinión, ni de colaboraciones, sino en la de noticias. Todo un acierto del director de la publicación, porque es algo terrible y asombroso que ocurrió tal como dices. Es una crónica de hechos acontecida hace mucho tiempo, pero sólo conocida por tus allegados. Ahora, gracias a este diario, esta historia de tu abuelo, de tu familia, puede ser conocida por muchas personas.
4 Marzo 2010 a las 15:21
Existen tantas y tantas historias como ésta que nos cuentas Cristina, ello demuestra que las heridas no se cierran ni cicatrizan sino se airean y ventinal. Es necesario que la sociedad en su conjunto recapacite, haga análisis, y exámen de conciencia, nada de rencores y venganzas, simplemente recapacitar, recordar, no olvidar, es un ejercicio de higiene moral y ética que sería sano para nuestra sociedad. ¿Nos dejarán hacerlo, o seguiran tapando bocas, jueces, y periodicos?, la Historia dirá.